Por Ulises Castrejón
Quizá pienses que «hacer el oso» siempre ha sido sinónimo de vergüenza, pero hubo una época en México en la que «jugar al oso» era el deporte extremo de los enamorados.
A finales del siglo XIX, los jóvenes no tenían la libertad de hoy. Para conquistar, el varón tenía que asumir el papel de «oso»:
-El rondín: Caminar cuadras enteras solo para verla salir de misa.
-La guardia: Pararse horas frente a la ventana (con rejas) de la chica.
-El contacto: Intercambiar miradas, sonrisas y, con suerte, una carta clandestina.
Viajeros extranjeros de la época, como Elizabeth McGary, notaban que si la chica aplaudía tras una serenata, ¡el «oso» había triunfado! Podía empezar a visitarla formalmente (con la tía solterona vigilando, claro).

Aunque la frase tiene raíces italianas (fare l’orso) y referencias de 1922 sobre «conducta extravagante», en nuestro país marcó toda una época de cortejo paciente y devoto.
La imagen que acompaña esta nota pertenece a Clifton Adams y publicada en el artículo de National Geographic de 1923 «A lo largo del viejo camino español en México» de Herbert Corey quien en su recorrido entre Tepic y Guadalajara capturó una escena romántica de un hombre «haciendo el oso» tratando de conquistar a una joven.
¿Te imaginas tener que esperar 3 años parado en una ventana para que te dejen entrar a la sala?
