Ulises Castrejón M. / Hemeroteca Digital de Nayarit.–A principios del siglo XX, viajar por el occidente de México era una verdadera prueba de resistencia. En su fascinante crónica de 1910, Beyond the Mexican Sierras, el abogado estadounidense Dillon Wallace capturó la esencia cruda, vibrante y a veces brutal de una nación al borde de una revolución. Hoy, desempolvamos el Capítulo IX de sus memorias para acompañarlo a caballo en su ruta hacia Tepic.
El inicio: Limonadas y la escasez de tabaco
El viaje comenzó al alba, partiendo hacia Tepic junto a un pequeño grupo de exploradores y su mozo, Miguel. La logística era tan rústica que se vieron obligados a empacar polvo para insectos para poder sobrevivir a su estadía en el «infame hotel Navarrete».
A su paso por Santiago Ixcuintla, Wallace describe una escena curiosa: se refrescaron con una excelente limonada de limas silvestres, pero fracasaron rotundamente al intentar comprar tabaco para pipa. Según sus observaciones, los locales preferían abrumadoramente el cigarrillo (incluso por encima del puro), el cual era consumido por hombres y mujeres por igual. Como dato de color de la época, Wallace destaca que era de buena etiqueta ofrecer cigarrillos a las damas, y que se podía fumar en prácticamente cualquier lugar, excepto en las iglesias y en los vagones de tren Pullman.
El terror sobre ruedas: La Diligencia

Una de las joyas de este capítulo es la vívida descripción que hace del sistema de transporte de la época. Viajaron por una ruta que formaba parte de la línea de diligencias más larga del mundo, conectando puntos desde San Marcos hasta Guaymas.
Subirse a una de estas diligencias era un acto de valentía extrema. El vehículo era arrastrado por seis mulas y conducido por un chofer que, según las palabras de Wallace, se preparaba con mezcal para luego lanzarse a toda velocidad cuesta abajo. Bordeando precipicios sin apenas espacio para las ruedas, los pasajeros viajaban aterrorizados, esperando volcar en cualquier momento. Wallace ironiza diciendo que la puerta de la diligencia debería llevar un letrero advirtiendo: «Aquel que entre aquí pone su vida en sus manos».
Las Caravanas y el Ascenso a Tepic
El ascenso hacia la ciudad de Tepic, ubicada a 3000 pies de altura, ofreció un panorama espectacular de valles verdes y ríos que brillaban como hilos de plata. Durante la subida, se cruzaron con inmensas caravanas de hasta sesenta mulas y burros, guiadas por una «yegua madrina» con un cencerro.
A las dos de la tarde, exhaustos pero maravillados, los viajeros finalmente ingresaron a la ciudad por la Calle de México, llegando a la plaza principal para hospedarse en el Hotel del Bolo de Oro.
Reflexión Final
Leer a Dillon Wallace es asomarse a una ventana del pasado. Sus anécdotas nos recuerdan que, hace poco más de un siglo, el simple acto de trasladarse entre pueblos mexicanos era una odisea llena de peligros, paisajes indómitos y encuentros culturales únicos.
